Posted by : István Ojeda Bello domingo, 2 de abril de 2017


Han pasado 35 años y probablemente la mayoría de los públicos en el mundo conocerán más sobre la Guerra de Malvinas a través de Meryl Streep, en la piel de la ex primera ministra británica Margaret Thatcher en el filme La dama de hierro, que mediante la cinta Iluminados por el fuego de Tristán Bauer. Y no se trata de si una u otra película es mejor o peor desde el punto de vista artístico sino que, en este mundo globalizado, termina por prevalecer la visión de los vencedores sobre la historia.



Así, tendrá todas las opciones de grabarse en millones de mentes las escenas de la política conservadora descargando toda la fuerza militar de un imperio venido a menos y, de paso, apuntalando a su gobierno con el efectivo recurso del nacionalismo exacerbado.

El drama argentino queda solo para la anécdota, por más trágico que haya sido el destino posterior de los veteranos que quedaron en el abandono vergonzante tras la derrota. De ese olvido, vale recordarlo, solo saldrían gracias a los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, quienes les prodigaron el debido respeto y atención como víctimas que también fueron de una dictadura que los había arrastrado a una guerra mal concebida y peor ejecutada.

Como si no hubiera sido suficiente con la terrible estela de 30 000 desaparecidos y un país fracturado por el dolor, la Junta militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983 también contaminó de la peor manera la legítima reivindicación nacional sobre las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur.

En consecuencia, hoy al apoyo a los derechos de la nación austral sobre las mencionadas ínsulas haya que hacerle siempre la salvedad de que eso no significa compartir los métodos a través de los cuales en 1982 la clase castrense de ese país trató de resolver el diferendo con Gran Bretaña.

La Guerra de Malvinas continúa dejándonos otras lecciones interesantes como la evidencia de que, venido el caso, los poderosos colocan en primer lugar sus propios intereses usualmente emparentados. Tal como lo demostró el entonces gobierno de Estados Unidos, que sin miramientos hizo causa común con su par británico y derribó la falacia del vetusto Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca que supuestamente les imponía el rol de «protectores» del hemisferio frente a la escalada bélica de una potencia extracontinental.

Entre criminales no hay honor, esa otra va a la cuenta de la dictadura chilena. El gobierno de Augusto Pinochet, que había colaborado eficientemente con sus homólogos de Buenos Aires persiguiendo y asesinando a enemigos mutuos en el marco de la Operación Cóndor, llegado el momento pesaron más sus particulares apetitos territoriales y desde luego su lealtad a Washington.

Los pinochetistas le suministraron información de inteligencia clave a los británicos y pusieron a su disposición un radar de largo alcance que le permitió a la Real Fuerza Aérea anticiparse a los ataques argentinos durante los dos meses que duraron las hostilidades.

«Mi opinión personal, y creo que fue compartida por mis jefes en el Ministerio de Defensa y por Margaret Thatcher, es que la ayuda que recibimos de parte de Chile fue absolutamente crucial. Sin ella, hubiésemos perdido la guerra», afirmó el exoficial inglés Sidney Edwards, quien coordinó para Londres la cooperación con sus homólogos sudamericanos.

Las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur como parte inseparable de Argentina sigue siendo una causa compartida por el concierto de las naciones latinoamericanas quienes, además, se han manifestado en los diferentes foros internacionales a favor de que el asunto se dirima en la mesa de negociaciones tal como han establecido las correspondientes resoluciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Desgraciadamente, la posibilidad de que las pláticas vayan a realizarse ahora mismo son prácticamente nulas, primero por la mantenida intransigencia del Reino Unido a siquiera hablar del asunto y segundo porque el actual gobierno de Mauricio Macri dio un giro de 180 grados en la política exterior que caracterizó a sus predecesores. En esas condiciones, muchos seguirán dependiendo del cine para conocer la historia de la Guerra de Malvinas.

(Publicado originalmente en Granma.cu)

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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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