Posted by : István Ojeda Bello viernes, 28 de noviembre de 2008

Se nos vende la idea de que la supuesta raíz de las divergencias entre Estados Unidos y Cuba descansa en una tozudez artificial de La Habana para dar curso nuevo a las relaciones bilaterales.
Por eso, cualquier declaración, atribuida u oficial, de una alto dirigente cubano en el sentido de que es posible sentarse a conversar, genera todo tipo de especulaciones. Así ocurrió cuando el presidente cubano Raúl Castro afirmó en uno de sus primeros discursos después de asumir el cargo, que su país estaba dispuesto a entablar conversaciones con un eventual nuevo gobierno estadounidense.
Pareció como si con esa simple afirmación terminaría el antagonismo entre ambos países, al menos eso quiso hacer creer buena parte de la prensa internacional.

Las lecciones de la historia
Lo ocurrido hasta ahora indica que es a Estados Unidos a quien más trabajo le cuesta emprender el camino del intercambio pacífico. Es en Washington donde la más insignificante insinuación de entablar un diálogo serio y sin condiciones previas con la Cuba, provoca las reacciones más diversas, como si se tratara de entregar al país.

Unas de las razones que abrían decretado la sentencia de muerte del presidente John F. Kennedy, se cree puede haber sido sus intensiones de alcanzar un modus vivendi con la entonces naciente Revolución Cubana. Después que las cosas no le salieran bien en la invasión por Bahía de Cochinos en 1961 y al año siguiente en la Crisis de Octubre.

La distensión que trató el presidente Carter en los años 70 tuvo su fruto más visible en el establecimiento de las secciones de intereses en ambas capitales, en la firma de acuerdos en materia de explotación pesquera y en la flexibilización de las restricciones a los contactos binacionales.

Este intento fue rápidamente torpedeado en la segunda mitad de la administración por los sectores más duros, tanto en el Departamento de Estado como desde la comunidad de inteligencia. De lo contrario la CIA no hubieran permitido que grupos terroristas completamente controlados por ellos como CORU y Omega 7 operaran con completa libertad contra personal civil cubano; perpetrando crímenes como la explosión en pleno vuelo de un avión de Cubana de Aviación en 1976 o el asesinato de diplomáticos y funcionarios de la Isla en Nueva York, México y Argentina.

Incluso durante la muy agresiva administración Reagan fue posible sentarse a platicar, alcanzándose acuerdos en materia migratoria.

A finales de los 80` a más de uno en la Casa Blanca y el State Deparment se le nubló la vista al escuchar la exigencia del gobierno angolano de que era imprescindible la presencia de representantes cubanos en las negociaciones que sucedieron a la derrota sudafricana en Cuito Cuanavale. Luego, como recordaría uno de los diplomáticos estadounidenses que estuvo presente, lo aceptaron, aclarando que solo hablarían de África.

Más tarde en 1995, con Clinton en la Oficina Oval, fue posible fijar acuerdos migratorios para coartar la peligrosa situación creada. Adicionalmente se estableció un beneficioso clima de calma alrededor de la Base Naval de Guantánamo mediante contactos entre militares de ambos países.
Pero de nuevo se abortó la tentativa con la impunidad de organizaciones como Hermanos al Rescate interesadas en provocar un conflicto armado, la firma de la Ley Helms-Burton y la detención y posterior enjuiciamiento de cinco cubanos que vigilaban en Miami las actividades no solo del grupo que dirige José Basulto, sino también de otros connotados terroristas como Orlando Bosh.
¿Durante la administración de Bush hijo? ¡Ni hablar!.

¿Es posible negociar?
Los ejemplos anteriores lo corroboran. Al mismo tiempo enseñan cuán impredecible es determinar cuando estarán preparados para avanzar, no en Cuba, que tiene bien claras sus prioridades, sino en Estados Unidos.

Antes de ser electo, Barak Obama afirmó: “Como presidente, estaré dispuesto a conducir esa diplomacia en la ocasión y el momento que considere oportunos, pero sólo cuando tengamos la oportunidad de avanzar a favor de los intereses de Estados Unidos y de la causa de la libertad del pueblo cubano”.

Manifestarse en esto términos demostró que en 50 años no ha variado la interpretación imperial, siempre desde la prepotencia y con la intensión de controlar los términos de la agenda.
De nuevo una significativa figura estadounidense comenzaba con el pie equivocado, pues si algo no ha aceptado jamás la Revolución Cubana, ni de enemigos y mucho menos de amigos, es las imposiciones.

Otro aspecto clave para entender la actitud ambivalente y poco seria de las diferentes administraciones de EE.UU. lo aporta el Esteban Morales, investigador del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU), al advertir que “una frustración de la política norteamericana es la de siempre haber considerado que Cuba estaría dispuesta, en algún momento, a sacrificar sus compromisos internacionales a cambio de un acercamiento a los Estados Unidos; y esta precepción, sin lugar a dudas, comprobadamente insustentada por la actuación de Cuba, siempre se ha afianzado en la política norteamericana en aquellos momentos en que se han producido acercamientos entre ambos países”.
[1]

Cuba ha demostrado suficiente pericia negociadora en muchos temas sensibles. No solo en asuntos tan peligrosos como la manera en que se concluye una guerra, como fue el caso de Angola, sino también en otros que interesarían del otro lado del estrecho de la Florida como es el relacionado con las compensaciones por las propiedades de ciudadanos estadounidenses nacionalizadas por la Revolución a principios de los años 60`.

La Mayor de la Antillas alcanzó acuerdos para indemnizar a los nacionales cuyas propiedades fueron nacionalizadas, de países como Francia, España, Suiza, y Canadá. De modo que no hay razón económica que impida no hacerlo con EE.UU. sin embargo al existencia de leyes como la Ley Helms-Burton, indican que es de aquel lado donde resulta más complicado progresar hacia pláticas civilizadas.

A pesar de todo, el gobierno cubano ha reiterado su mensaje conciliatorio, entre los cuales pueden citarse los enviados por Raúl, tanto en su palabras el 2 de diciembre de 2006, como más tarde el 26 de julio de 2007 en las cuales reiteró que el nuevo gobierno que surja en Estados Unidos tendrá que decidir “si mantiene la absurda, ilegal y fracasada política contra Cuba o acepta el ramo de olivo que tendimos en el 50 aniversario de las Fuerzas Armadas Revolucionarias”.

Por tanto, hace mucho rato que es palpable la voluntad cubana de terminar con un enfrentamiento que ciertamente no inició, la cual como se ha visto ha sido señalada públicamente tanto por Fidel, como por Raúl. No porque se sienta derrotada, sino por la vocación pacifista del país que solo aspira a que se le reconozca el derecho a ser independiente. Queda, como siempre esperar a que desde el Norte lo comprendan.

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[1] Esteban Morales Domínguez. “La política del condicionamiento y el condicionamiento de la política”. Ensayo para el libro El conflicto Estados Unidos-Cuba. Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU) Universidad de La Habana, 1998.

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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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