Posted by : István Ojeda Bello miércoles, 5 de noviembre de 2008

Con un triunfo aplastante los demócratas regresan a la Casa Blanca y amplían su control sobre el Congreso. Conociéndose ganador, Barack Obama afirmó ante sus seguidores que “el cambio ha llegado a América”. ¿Propone realmente cambios?

No se puede negar que constituye un hecho novedoso que alguien fuera del pedigrí clásico en los aspirantes a la presidencia ocupe el puesto más importante en la oficina oval de la Casa Blanca.
Todos los diarios importantes en los Estados Unidos se deshicieron en titulares emocionados afirmando que han “caído las barreras raciales”, como dijo, por ejemplo The New York Times, en la madrugada de este miércoles cuando se había confirmado que Barack Obama había obtenido por lo menos 338 votos de los colegios electorales a su favor frente a los 163 de su principal contrincante John McCain.


Al dirigirse a sus seguidores en Chicago, Obama afirmó que “el cambio ha llegado a América”. Pero, ¿Qué cambios realmente propone? O ¿cuáles serán los que realmente haga?
Tal vez sea cierta la ruptura de una barrera importante en la psiquis del electorado estadounidenses que fue capaz de votar mayoritariamente por un candidato que no cumple al 100 por ciento con los cánones visuales de un político en ese país.

Por encima de cualquier conjetura es preciso tener bien claro que Obama no llegó tan lejos por obra y gracia de un genuino movimiento popular, ni de la mano de una agrupación política de nuevo tipo.

Se habla mucho de la importancia de las contribuciones individuales vía Internet a su campaña. Sin embargo no se ha hecho el mismo énfasis en los significativos fondos aportados por las grandes corporaciones, incluyendo las beneficiadas con el rescate de más de 800 mil millones de dólares.
Esta significativa inyección monetaria le permitió desplegar todos los medios de promoción política ya sea mediante costosos espacios publicitarios en el horario estelar de las principales cadenas televisivas, como estableciendo una bien estructurada red de equipos de campaña en los Estados claves.

Fue el stablishment, en este caso del Partido Republicano, quien lo elevó a la categoría de figura pública desde la Convención del 2004, de donde saltó al estrellato como el hombre que “cambiaría a América” como ellos la llaman.

Está allí sencillamente porque una parte de la élite de poder decidió que ya era hora de sacar a los neoconservadores del gobierno porque pusieron en peligro el liderazgo, la hegemonía y sobre todo el estándar de vida de una sociedad sumamente derrochadora y endeudada constantemente.
Siempre nos quedará la duda de qué hubiera sido de la campaña presidencial sin el crack de las bolsas y la banca en septiembre. Una crisis que comenzó a gestarse con las leyes aprobadas durante la administración de otro demócrata, William Clinton, la cual eliminó las regulaciones estatales al volátil y especulativo sector financiero.

De acuerdo con una encuesta de la firma Gallup y el diario USA Today, los ciudadanos acudieron a las urnas con el mayor pesimismo apreciado en las últimas décadas respecto al rumbo del país. Así el 78 por ciento de los entrevistados, consideró que la situación económica empeorará.
Al tiempo que según Larry Jacobs, del Centro para Estudios de Política y Gobernación de la Universidad de Minnesota, estos comicios se caracterizaron por un rechazo al partido en el poder casi sin precedentes. De esta manera la principal arma demócrata para regresar al poder fue subrayar los errores de Bush.

Por tanto habrá que ver cómo puede el senador por Illinois campear el temporal que apenas está comenzando. Si logra sacar a flote el modelo consumista sin límites, cuya esencia no alterará, pasará a la historia como el nuevo Roosevelt que salvó al país. De lo contario, en el 2012 nadie se acordará que era un republicano (Bush), quien estaba en la Casa Blanca cuando empezó la debacle económica y todas las culpas las cargarán los demócratas, empezando por el presidente.
En cuanto a la “guerra contra el terrorismo” quizás cuando esté por finalizar su mandato, Obama, insista en que terminó con la ocupación de Irak. Obviando que la presencia militar allí simplemente cambiará de estatus gracias al numeroso grupo de bases militares establecidas en la nación del Golfo Pérsico, las cuales le garantizarán mantener el control de las importantísimas reservas de petróleo de la zona.

Probablemente la composición de su gabinete refleje el sentido más hacia el centro que le imprimió a su plataforma, sobre todo tras ganar la nominación en las primarias de su partido. No por gusto figuras republicanas más liberales como Collin Powell le dieron su apoyo en el momento preciso.

En cuanto a Cuba, siempre es bueno recordar que Obama no se ha propuesto eliminar el bloqueo, de lo contario no hubiera contado con el apoyo de la tristemente célebre Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA). Su propuesta se limitó a una ligera flexibilización de los obstáculos a los contactos binacionales.

En el supuesto idílico que quisiera llegar más lejos no podría. Recuérdese que ya no es el presidente el facultado para levantar el bloqueo. Este podría, cuanto más, eliminar las restricciones a los viajes de sus nacionales o de los cubanos residentes allí y aflojar un tantito en el tema de los intercambios académicos, científicos, religiosos o deportivos, pero hasta ahí.

Desde la promulgación de la Ley Helms Burton (firmada por el demócrata Clinton) en 1996, es el Congreso el único con el poder suficiente para suprimir todo el entramado legal que soporta al bloqueo. Desde la más sencilla prohibición hasta la Ley de Ajuste Cubano.

Por eso no debe dejarse a un lado todo cuánto ocurra en el Capitolio, pues la verdadera transformación de la política hacia la Mayor de las Antillas, llegará cuando quienes pusieron el dinero para que los congresistas ganaran sus escaños, así lo decidan. Por encima de cualquier hipotético deseo de un presidente.

Las declaraciones de Obama tal vez no hayan sido tan estridentes como las de Mc Cain, pero en el fondo reflejan la misma una visión imperialista e injerencista de cual sería el camino hacia relaciones normales entre ambos países. Donde siempre se antepone la inaceptable condición del “cambio de régimen” en Cuba, refrendada en la mencionada Ley Helms Burton. De esta manera, lo que podría esperarse es que al sumo retrotrajera el asunto al punto previo a la promulgación del Plan Bush en el 2004.

A partir de ahora se lloverán los análisis de uno u otro corte, pero siempre la realidad de los acontecimientos superará cualquier previsión. Solo cuando ya Barack Obama esté efectivamente en el gobierno sabremos de lo que es capaz. Lo que sí es seguro es que, como decía el inolvidable analista cubano Eduardo Dimas, cambiará todo lo posible para que nada cambie.

Lea además:

Obama a la Casa Blanca (Por Ramón Sánchez- Parodi)
¿Quién es realmente Barack Obama? (Por John Gerring y Joshya Yesnowitz del Le Monde Diplomatique)

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