Posted by : István Ojeda Bello sábado, 15 de agosto de 2015

Como advirtiendo la complejidad de los escollos futuros, la bandera de las barras y las estrellas apenas si ondeó cuando llegó a lo más alto del mástil junto a un malecón habanero sin pizca de brisa. La calma del mar y el fuerte calor expresado en los abanicos que se agitaban con intensidad, completaron la escena de solemnidad y simbolismo de la apertura oficial de la Embajada de los Estados Unidos de América en Cuba.

Nos hizo notar también que la confrontación simbólica ha ascendido a un escalón superior, la yuxtaposición de la enseña nacional cubana, la estadounidense y el logotipo de la Mc Donalds entre el público congregado en las afueras del edificio.

Mientras, más allá de las rejas del inmueble de estilo racionalista, un perro callejero buscaba una sombra, totalmente indiferente a cuanto ocurría a su alrededor quién sabe si diciéndonos que la vida sigue su curso, aunque obviamente ya nada será exactamente igual.

Tal como ocurrió el pasado 20 de julio en Washington, los organizadores de la velada aquí se aseguraron de imprimirle toda la carga de significados que creyeron pertinente. Desde el detalle de haber reunido a los infantes de marina que en enero de 1961 arriaron el pabellón norteamericano, hasta el de invitar al escritor gay estadounidense de padres cubanos, Richard Blanco para declamar un emotivo poema suyo.

A un código muy importante apeló el secretario de Estado John Kerry cuando dijo: “Ni enemigo, ni rivales; vecinos”. No es una metáfora festinada. Refleja una particular interpretación que históricamente han tenido sobre ese último término los políticos de su país.

El profesor de la Universidad de Carolina de Norte, Louis A. Pérez Jr. explica que esa noción “provenía de un significado especial de orden moral más amplio. (…) Ellos [EE.UU.] podían prestar ayuda y asistencia tal como los buenos vecinos atendían su mutuo bienestar. Pero también era verdad que esta era una vecindad en la que los estadounidenses declaraban sus intereses como primordiales”.

Todo su discurso —y en particular los segmentos pronunciados en castellano— prueban que Kerry y la administración que representa no ha renunciado a ese concepto de vecindad. Especialmente porque mantuvo los habituales “consejos” a este Archipiélago en temas como la democracia y economía cubanas. No porque fueran sus interpretaciones, sino porque supuestamente defiende valores universales. Al hacerlo olvida que la definición de cuáles son las democracias y economías adecuadas sigue siendo objeto de intensos debates a escala global.

A su favor digamos que se refirió equitativamente al pueblo y gobierno, lo cual es un paso importante porque implica admitir la existencia aquí de instituciones gubernamentales legítimamente constituidas.

La jornada no pudo sustraerse a otros estereotipos como el de los “almendrones” por las calles de la capital cubana. Es la recurrente nostalgia construida de la Cuba detenida en el tiempo. A ese fetiche agreguémosle sus paralelos con la Guerra Fría y a un proceso análogo que sostuvo su país con Viet Nam después de 1975. Las comparaciones convencerían a algún interlocutor ajeno a la evolución de los vínculos binacionales.

Sin embargo, continúa dejando a un lado dos aspectos críticos e íntimamente conectados: las razones de las divergencias entre Cuba y Estados Unidos tienen una índole mucha más antigua que el establecimiento del socialismo aquí. Nacen de como ambas partes fueron definiendo la naturaleza de sus lazos a lo largo de la propia conformación de sus respectivas naciones: de dominación y tutelaje dice el lado estadounidense, de dignidad e independencia, desde el punto de vista cubano.

El conflicto con Viet Nam sí estuvo fuertemente motivado por la confrontación de la Guerra Fría en el sudeste asiático. De ahí que terminada la misma a Washington le fue comparativamente más fácil restablecer sus relaciones con esa nación —donde murieron más de 50 mil norteamericanos—, que con Cuba donde jamás se han producido acciones militares de esa envergadura. Además, desde el punto geopolítico EE.UU. no es “vecino” de Viet Nam, independientemente de los intereses que como superpotencia tenga allí.

Kerry aseguró que podemos ser vecinos. Soy optimistamente crítico de que eso sea posible. De este lado habrá también que vencer otros lugares comunes como la postura de satanización y el esquematismo, por otra visión comprometida, sí, pero inteligente y desprejuiciada de los Estados Unidos.

En desmontar eso fetiches, los propios y ajenos, podría estar parte de la solución que cambiará, definitivamente y para bien, la dinámica tradicional de hostilidad entre ambos países.


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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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