Posted by : Unknown martes, 4 de agosto de 2015


El torrente impresionante de agua saliendo por la cortina del embalse Juan Sáez es ahora apenas el recuerdo infantil ante la viva estampa de la desolación de su sed actual. Aquí dicen no recordar una época tan seca como la que hoy se vive en el norte de Las Tunas y el mayor reservorio acuífero artificial de la provincia se lo está sintiendo como pocos. El lago rumia en silencio su impotencia frente a la imperturbabilidad de un Sol que lo evapora día por día sin que haya señales de que las lluvias vengan en su ayuda.
Con el descenso de las aguas hasta una décima parte de sus 112 millones de metros cúbicos de agua de capacidad, el verde de las plantas se repliega hacia los escasos reductos de humedad. Al paso del caminante crujen los cadáveres de la infinidad de diminutos caracoles que han perecido de inanición. Entre los pies, los otrora nidos de las biajacas y tilapias, los círculos perfectos que la hembra hace con su boca para poner sus huevos son ahora circunferencias en la tierra oscura y agrietada. Vacas y carneros deambulan silenciosos antes de saciar su sed en una orilla que agota sus últimas fuerzas intentando tragarse los pies del caminante.

En la llanura cada vez más árida del embalse afloran las huellas de lo que en una época pasada fueron orgullosas y esbeltas palmas reales o modestos troncos de árboles. Así la luz solar toca directamente de nuevo brocales de pozos, zapatos, envases de cristal y trozos de pisos de las viviendas evocando los días en los que aquí vivió gente, mientras la vegetación espinosa no intimida a los pescadores de ocasión.

Es la gran paradoja los vestigios de la vida humana, porque el recuerdo de unos han sido borrados por la acción de otros. Hace 30 años aquí habitaban decenas de familias que fueron trasladadas cuando se emprendió esta obra que facilitaría el desarrollo agrícola de municipio de Jesús Menéndez y evitaría las inundaciones de la capital de la demarcación: el poblado de Chaparra.

Juan Sáez debía ser la solución para una zona con tierras de calidad aceptable pero que sufren una carencia crónica de agua. Todavía parte de más menguadas reservas surten a La Torcaza, mucho más al norte y que es el responsable de producir mucho del plátano y los granos que consume la población local y urbes mayores como la ciudad de Las Tunas.

La sed de Juan Sáez despierta el sentimiento de culpa pensando en los grifos abiertos y los miles de salideros. Sobre todo porque aún está lejos su enlace con el trasvase desde las lluviosas montañas de Holguín y Guantánamo, quizás la única solución realmente duradera para enfrentar con éxito los efectos de una sequía que por larga ya casi no es noticia.





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