Posted by : István Ojeda Bello lunes, 11 de agosto de 2008

Por Eliades Acosta Matos

El 10 de agosto de 1793, sobre las ruinas de la fortaleza de La Bastilla, tomada y demolida por el pueblo revolucionario francés como símbolo de la opresión del viejo régimen, tuvo lugar una curiosa ceremonia llamada "Fiesta de la Regeneración". En un escenario decorado por el pintor David, una gigantesca estatua de la diosa egipcia Isis daba leche de sus pechos para rellenar una copa romana que le presentaba Herault De Séchelles, Presidente de la Convención. Ante una multitud deslumbrada y expectante, la copa fue pasando de mano en mano y mojando los labios de los principales dirigentes revolucionarios, como símbolo del sacrificio y de la regeneración que la propia Revolución había traído a la nación.
La faceta religiosa fue una de las aristas más curiosas y aparentemente paradójicas de una revolución como la francesa, que había sido precedida y preparada por la obra de los Enciclopedistas, y por el culto a la razón y las luces como antídotos contra la tiranía, la ignorancia y el fanatismo religioso. Pero lo que a primera vista podría parecer irracional, no lo era tanto si tenemos en cuenta que el desmontaje del régimen absolutista era a la vez el desmontaje de su antigua maquinaria de dominación espiritual concentrada en el dominio aplastante de la Iglesia. "La reorganización del Estado entrañaba forzosamente la reorganización de la Iglesia, ya que ambos aparecían ligados desde hacía siglos", afirmó Albert Mathiez. Y por mucho que quisieran los revolucionarios más radicales, aquellos jacobinos que clamaban por demoler hasta los cimientos todo lo que remitiese al pasado de ignominia e injusticias, como se había hecho con los muros de la odiada Bastilla, existían convenciones y hábitos arraigados en el pueblo, que no podían ser arrancados de cuajo, sin crear un peligroso vacío espiritual y una desorientación que sería rápidamente aprovechada por la contrarrevolución y el clero refractario. La Constituyente, en medio de sus flagrantes contradicciones y vacilaciones, apeló al expediente de intentar crear una Iglesia nacional y patriótica, mezclando símbolos diversos, de ahí la exótica presencia de una diosa egipcia bendiciendo la regeneración del pueblo revolucionario francés.

Y no era nada nuevo. "Desde 1791, una parte de los jacobinos y los lafayettistas -subraya Mathiez- imaginaron completar, después de reemplazar la constitución civil del clero por todo un conjunto de fiestas nacionales y de ceremonias cívicas… Así se sucedieron fiestas conmemorativas de los grandes sucesos revolucionarios, el 20 de junio, el 4 de agosto, el 14 de julio, la Fiesta de los Mártires de la Libertad, el traslado de las cenizas de Voltaire a París, etc… Así se elaboraba una especie de religión nacional, de religión de la patria mezclada aún con la religión oficial, y desde luego, calcando de ella sus ceremonias, pero (en la creencia de que) los espíritus libres se esforzarán más tarde en hacerle vivir una vida independiente… Así avanza el culto patriótico, que encontraría su expresión definitiva bajo el Terror…"

No fue la Revolución francesa fuente de supersticiones, más bien un paso de avance en la larga marcha del hombre por su redención social y espiritual. Si bien es cierto que pactó transitoriamente con los rituales religiosos antiguos, sustituyó el culto de la fe por el de la razón. No podía hacer otra cosa teniendo como base un pueblo analfabeto, acostumbrado a ciertas prácticas que llenaban su vida desde hacía siglos, y que siempre se habían reputado como divinas e inmutables. Una gran parte de lo que llamamos espíritu o sensibilidad moderna occidental tiene ahí su origen, y está lejos de caracterizarse por el fervor religioso.

Un Rafael Rojas, malabarista y fabulador, quien en los últimos tiempos se ha mostrado digno heredero del método explicativo de Grau San Martín cuando ha pretendido desentrañar los, según él, misterios tremebundos de la Revolución cubana desde las páginas del "Nuevo Herald", nos ha endilgado sin prueba alguna, más allá de ciertas vagas referencias a Robespierre y su Diosa Razón, un apotegma de campeonato. En su artículo "Misterios de la Sierra", del pasado 21 de abril, se puede leer: "Las revoluciones no son, como pensaban tantos pensadores clásicos y románticos, hechuras racionales: la superstición y el misticismo las acompañan desde sus orígenes hasta sus decadencias". Dicho así, las revoluciones no se hacen para redimir a los hombres de la ignorancia y las tinieblas en que las tiranías los suelen sumir, en el entendido de que nada remacha mejor las cadenas de la sujeción y el servilismo que el desconocimiento y la fe ciega. Rojas acaba de descubrir, dejando atrás, como a pigmeos inútiles a "clásicos y románticos", que las revoluciones se hacen para implantar nuevas formas de misticismo y supersticiones, o sea, lo cambian todo, como pediría Tancredi Falconeri en "El Gatopardo", para que nada cambie.

De un golpe de dedos, de un chasquido esperpéntico, sin dignarse a demostrar nada, como ya viene siendo habitual en esos artículos del "Nuevo Herald", que tan poco le favorecen, Rojas ha puesto a girar en un círculo vicioso a la Historia de la Humanidad; ha reducido al papel de reformadores religiosos y predicadores de parroquia a revolucionarios de la talla de Marx, Lenin, Martí, Zapata, Ho-Chi Minh o el Che, por solo citar algunos. No hay progreso, ni luces, ni avances, solo tinieblas y oscurantismo en esas sacudidas sociales telúricas que ponen en marcha a millones de seres humanos, y por cuya causa millones más han estado dispuestos a dar su sacrificio, su trabajo y hasta su vida. Simple relevo de sermones, sustitución de altares, modernización de cazullas, renovación cosmética de los mismos incensarios, una burla cruel, un engaño.

¿Cómo hará Rojas para explicar, por ejemplo, que el nivel cultural y académico de los cubanos educados por esta Revolución supersticiosa y decadente sea el mayor alcanzado jamás por un pueblo sobre este suelo? ¿Y que, en apenas unos meses, como una de las primeras medidas revolucionarias, se erradicase el 23 % de analfabetismo heredado del viejo régimen? ¿Y que Venezuela entera, bajo el gobierno revolucionario bolivariano, esté estudiando y logrando metas educacionales que antes se le negaban al pueblo? ¿Y por qué será que un revolucionario oscurantista y místico como Evo Morales, acaba de declarar que para fines de este año su gobierno habrá erradicado el analfabetismo en Bolivia que más de 400 años de gobiernos anteriores no lograron?

Lo único que puedo recomendarle a Rafael Rojas, para ser medianamente convincente en su saga contra la Revolución cubana desde el "Nuevo Herald" es que se regenere. Por eso, y como se acerca el 10 de agosto, le aconsejo esperar la fecha ante la esfinge más cercana de la diosa Isis, con una copa en la mano y rezando por un milagro. A fin de cuentas, lo que si está más que probado desde las rebeliones de los chuanos en la Vendee, es que las contrarrevoluciones si son probadamente rezanderas y ojalateras.

Agosto del 2008.

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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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