Posted by : István Ojeda Bello martes, 27 de octubre de 2009


Días atrás un compatriota desde el otro lado del Atlántico, me acusaba de atacar inmisericordemente a Barack Obama, a raíz de que se le otorgara el Premio Nobel de la Paz. Insistió en los propósitos de cambio del presidente en relación con Cuba la cual, me dijo, estaba siendo correspondida desde el otro lado con críticas duras que perjudicaban sus buenos deseos.



En política, una acción vale más que mil palabras y si algo se aprende tras estudiar las relaciones entre ambos países es a atenerse estrictamente a los hechos a la hora de emitir criterios sobre los políticos. El caso de Obama no es la excepción.



¿Un nuevo comienzo?


Durante su campaña electoral y luego tras la toma de posesión, Obama ha demostrado lucidez, inteligencia y un aceptable de sentido común sobre temas de interés global como el cambio climático, la no proliferación de armas nucleares y en específico sobre la proyección internacional de su país.


Su discurso sobre Cuba ha sido consistente con la proclamada línea de renovación. “Creo que podemos llevar la relación entre EE.UU. y Cuba en una nueva dirección”, dijo en abril antes de anunciar el levantamiento de las restricciones a los viajes y remesas de los cubanoamericanos.


De hecho su propuesta formal de conversar sobre cualquier tema con el gobierno cubano es considerada inédita por varios académicos de ambos países y en honor a la verdad una declaración valiente, teniendo en cuenta la intransigencia de los sectores más fanáticos de la derecha cubanoamericana.


Los hechos, suelen ser muchos más elocuentes que los discursos y estos indican, por lo menos, evidentes contradicciones. Mientras que personalmente el presidente se presenta como partidario de un reiterado “cambio”, el resto del sistema de ejecución de la política exterior va en otra dirección, o, para decirlo mejor, se mantiene en bajo el mismo esquema de confrontación de la anterior administración.


Así lo corrobora la Oficina de Control de Bienes Extranjeros (Office of Foreign Assets Control, OFAC) del Departamento del Tesoro, la cual aún con Obama en la Oficina Oval, en los últimos nueves meses sancionó a siete multinacionales, con multas que totalizan más de seis millones de dólares, por hacer negocios con La Habana.


Tales acontecimientos, si fuera el caso, indican las serias limitaciones que tiene un presidente de los Estados Unidos para hacer su propia política exterior.


Mientras tanto los tanques pensantes, que en los años 80 configuraron la estrategia agresiva de la llamada “revolución” neoconservadora inaugurada por el presidente Reagan, ahora están a la cabeza de los reclamos para darle un giro a la política del país hacia Cuba y en particular al tema central: el bloqueo o “embargo” como eufemísticamente le llaman.


En el último semestre se han producido diversos pronunciamientos de representantes de estos centros de análisis sobre la inoperancia del “embargo” entendiéndolo, digamos, como la tradicional postura de forzar un cambio de régimen en el Archipiélago mediante la presión directa.


Los tink tanks alertan sobre el daño que hace el bloqueo no solo a la credibilidad del discurso de Obama, sino también a uno de los pilares del planteamiento de la política exterior del país: su liderazgo mundial. Algo que el actual presidente prometió restaurar desde su toma de posesión.


Este es un aspecto incuestionable tanto para los analistas como para los decisores de la política exterior estadounidense. En el caso de Cuba, este se traduce en la condición intrínseca de que cualquier esquema de relación con la Mayor de las Antillas sería impensable sin el establecimiento aquí de un régimen compatible con su noción particular de cuál debe ser el modelo económico y político a seguir por todas las naciones: concretamente la economía de mercado y la democracia representativa.


Obama es consistente con esa interpretación, la cual incluye la certeza de que Estados Unidos debe compartir, no la tarea de liderar al mundo, sino de los métodos para hacer efectivo ese domino.


Durante la Cumbre de las Américas, refiriéndose a América Latina dijo “si nuestra única interacción con muchos de estos países es la lucha contra la droga, si nuestra única interacción es militar, entonces es posible que no estemos desarrollando conexiones que con el tiempo puedan aumentar nuestra influencia y tener un efecto beneficioso cuando tengamos necesidad de hacer avanzar políticas de nuestro interés en la región.” Entonces…


¿Dónde queda el bloqueo?


Por momentos pareciera que Obama sería partidario de su eliminación. Tal vez sea así, sin embargo cuando un periodista le recordó sus pronunciamientos del 2004 sobre el fracaso del bloqueo, el presidente colocó esa declaraciones en el plano de la Historia antigua, diciendo “bueno, el 2004 me parece que está miles de años atrás”.


En este momento, opina el Dr. Esteban Morales, investigador del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos, “Obama mantiene el bloqueo porque lo utiliza como un instrumento dividiéndolo en dos: en cómo el bloqueo afecta al ciudadano común y cómo afecta a la dirección política del país. Históricamente y de forma cínica se ha dicho que el bloqueo era para afectar al gobierno y no a la población; si usted observa las medidas que Obama está tomando van dirigidas a flexibilizar lo que afecta directamente al ciudadano y mantener lo que aprieta al gobierno. O sea, lo está dividiendo en dos tesituras.”


Visto desde ese punto de vista tienen sentido todos sus pronunciamientos conciliatorios, así como la cierta moderación de los ataques de los representantes del Departamento de Estados, en comparación con la agresividad manifiesta que los caracterizó durante la administración Bush.


“Para Obama –afirma el experto- el bloqueo no es ineficiente en si mismo, sino por la forma en que se ha utilizado y por el discurso con que se ha combinado. Piensa que trabajando de otra forma y complementado con un discurso flexible y aceptable, puede seguir siendo un instrumento de presión contra Cuba”.


Tal vez dentro de 10 o 20 años lo tendremos, ya fuera de la Casa Blanca, calificando al bloqueo de fiasco, como ya lo han hecho sus predecesores James Carter y William Clinton. No obstante en el presente no lo enfrenta, haciendo valer el pragmatismo tan raigal en los políticos norteamericanos


Más de una vez el diplomático estadounidense Wayne Smith ha dicho que Cuba tiene un efecto sobre los políticos de su país, solo comparable, según cuentan las leyendas, al de la Luna llena sobre los hombres lobo. Pero la irracionalidad aparente del bloqueo comienza a tener sentido cuando se ponen sobre la mesa las razones que explican su mantenimiento, aunque sea bajo una administración mucho más moderada en su discurso.


NOTAS
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1 El 20 de enero del 2009 Obama dijo al asumir su cargo “a los otros pueblos y gobiernos que nos observan hoy, desde las grandes capitales al pequeño pueblo donde nació mi padre: sabed que América es la amiga de cada nación y cada hombre, mujer y niño que persigue un futuro de paz y dignidad y de que estamos listos a asumir el liderazgo una vez más.” (el subrayado es nuestro).



Luego ante las Naciones Unidas reiteró la idea afirmando: “Estoy muy atento a las expectativas que acompañan a mi presidencia en todo el mundo. Esas expectativas no son acerca de mí. Más bien, se arraigan, me parece, en el descontento con el statu quo que ha permitido que nos definamos cada vez más por nuestras diferencias, y que nuestros problemas nos dejen atrás. Pero también se arraigan en la esperanza, la esperanza en que un cambio real es posible, y la esperanza en que Estados Unidos sea el líder en lograr concretar ese cambio”.


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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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