Posted by : István Ojeda Bello lunes, 24 de octubre de 2011

No importa si se trata de un ícono de las luchas sociales y el internacionalismo proletario como el Che Guevara, un estadista anticolonialista como Patricio Lumumba, un presidente socialista como Salvador Allende, o dos ex aliados otrora promotores del nacionalismo panárabe como Sadam Hussein o Muammar al Gadafi: la estrategia de la maquinaria cultural del imperialismo ha sido la misma, no basta con quitarle la vida al hombre, también hay que destruir todo lo que él pueda representar. Ahora la ejecución sumaria de Muammar Al Gadafi no ha sido un excepción pues no bastó con matarlo, era imprescindible hacer una demostración de fuerza con una fortísima carga simbólica.

La alerta vino por boca del investigador cubano Eliades Acosta quien desde su cuenta en Twitter puso el dedo sobre la llaga, el objetivo dijo “es desmoralizar al enemigo, humillarlo y detener su capacidad de lucha y resistencia” y para demostrarlo se detuvo en tres aspectos claves alrededor de la cobertura mediática a la muerte de Gadafi: circunstancias, ejecutor y presentación.

Capturado “como una rata”

Según la versión dada a conocer por la mayoría de los medios internacionales Gadafi se refugió en un desagüe de hormigón antes de ser rodeado por los civiles armados al servicio del Consejo Nacional de Transición libio. “Atrapado como una rata en el drenaje” dijo en grandes titulares el diario The Times en una clara intención de destruir el perfil de fuerza que siempre transmitió el ex líder libio.

Sin embargo son demasiadas las similitudes con las circunstancias en que, por ejemplo, se afirma fue capturado en su momento Sadam Hussein, quien, al igual que Gadafi, pasó de ser “amigo cercano” de Occidente al peor villano del universo. Hussein, dicen, fue apresado en un refugio subterráneo, coincidentemente también en su ciudad natal.

Para no dejar lugar a equívocos baste con detenerse en el titular de El Mundo de España. “Gadafi pasó sus últimos días como Sadam: solo, hambriento y sin entender” aseguró el diario ibérico corroborando la sincronía de los grandes medios para establecer lo que Eliades Acosta define como “final poco heroico” para sus enemigos.

En más de una ocasión se ha tratado decir, por ejemplo, que en sus últimos momentos Ernesto Guevara rogó por su vida al soldado boliviano encargado de asesinarlo. Aunque las distancias entre la carga simbólica de la figura del Che y Gadafi son enormes, la estrategia es la idéntica: al enemigo hay que presentarlo como cobarde.

Con el presidente Salvador Allende se hizo algo parecido pues su decisión de quitarse la vida antes de caer prisionero de los militares golpistas se hizo ver como una actitud pusilánime cuando en realidad era el resultado de la determinación del estadista de preferir la muerte antes de traicionar el mandato popular.

Las manos “limpias”

Por la misma cuerda viene la versión de que fue un joven libio, sospechosamente ataviado con una gorra de los Yanquis de Nueva York que propinó el tiro de gracia coronel beduino. “Gadafi muerto por un fan de los Yanquis” sentenció a toda página el New York Post, aderezando un sumario una para nada inocente pues hizo comparación entre la supuesta fuerza del jovencito y la destreza de Alex Rodríguez, uno de los jugadores más famosos del equipo beisbolero neoyorquino.

El cuadro se completa con la pistola que porta el joven; dorada como las que se afirma tenía en su poder Gadafi antes de morir. Así vemos no solo aplastado el símbolo de Gadafi como figura sino también la cultura distinta que él representa, ahora “superada” por la cultura pretendidamente “superior”.

Cierta o no, esta versión seguramente quedará sembrada en el imaginario de amplios sectores del público, protegiendo el prestigio de la OTAN pues no fueron sus misiles inteligentes o los “drones” ya bastante impopulares sobre todo el Oriente Medio, quienes se encargaron de Gadafi, sino, afirman, su propio pueblo, el cual quedará como “bárbaro” y vengativo ante los ojos de la audiencia. Justificando así la necesidad de las tropas extranjeras dentro de Libia para “ayudar” en la transición hacia la democracia, argumento que no otra cosa sino la actualización del empleado en el siglo XX para justificar los mandatos bajo los cuales se enmascaró el reparto de la zona por la potencias vencedoras en la Primera Guerra Mundial. Entonces se hablada de “enseñar a ser independientes” hoy de “ayudar a ser democráticos”.

El trofeo

En 1954 no bastó con el derrocamiento violento del presidente guatemalteco Jacobo Árbenz fue preciso que antes de permitirle salir de su país fuera desnudado en público y sus fotos en paños menores exhibidas sin recato en los principales medios de la época.

Patricio Lumumba fue sometido a todo tipo de vejámenes antes de ser asesinado. Sadam Hussein fue presentando barbudo y demacrado mientras un pulcro militar estadounidense le examinaba la boca como si se tratara de un animal salvaje. Más tarde la secuencia de su ahorcamiento sospechosamente se filtró a la prensa cuando se sabe que en recintos tan cerrados y bajo férreas medidas de seguridad era muy poco probable que no se notara a alguien alzando su teléfono móvil para filmar “en secreto” la ejecución.

Esta vez fueron imágenes confusas de lo que pareció más un linchamiento que una detención. Aunque muchos ponen en duda, y no sin alguna razón, la autenticidad del video donde se aprecia la muerte de Gadafi. Al final eso poco importa ya pues el plano del enfrentamiento cultural está a otro nivel.

Si en la Edad Media las cabezas de los revoltosos eran exhibidas para público escarmiento. Ahora el cadáver de Gadafi se mantuvo por días en patética demostración pública, primero en una mezquita y luego en el frigorífico de almacenar alimentos, en burdo desprecio de la tradición islámica musulmanes que exigen sepultar al fallecido antes de que se cumpla el primer día del deceso. Sin hablar de la morbosidad con que las fotos de su rostro ensangrentado se colocaron en las portadas de periódicos y sitios web de todo el orbe.

Incluso el profesor Eliades Acosta me comentó en el Twitter que no era descabellada la teoría de que tal vez Gadafi ya hubiese estado en manos de efectivos de la inteligencia de las potencias occidentales y que estas lo haya entregado a “armada brancaleone” del CNT para que hicieran el trabajo sucio.

Al final cuando pase el tiempo casi nadie recordará que Gadafi ya no era el ejemplo de líder nacionalista y revolucionario que fue en sus inicios, solo quedará en las mentes de la personas la terrible lección que el interesa a la maquinaria cultural del imperialismo trasnacional: aquellos que “osan” oponérsele tendrán, dicen, el mismo final que el líder libio. Esa es la esencia que como alertara el profesor Acosta, no debemos dejar de denunciar.

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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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