Posted by : István Ojeda Bello miércoles, 7 de agosto de 2013

Es la playa de mi niñez y de mucho después también. Creo que solo un año y por razones muy de peso dejé de ir al menos una vez al año. Es una playa pequeña, profunda, de duna corta y donde el mar se desdice a sí mismo porque aparenta tener fin.

En una época tenía el atractivo adicional de ver a los buques cargados de azúcar pasar bien cerca o de ir en barco hasta Puerto Padre. Ahora esta sigue siendo la Boca de las bahías de la Villa Azul y  de Chaparra que ve cruzar a los lanchones, chalupas y algún que otro ferrocemento pesquero.



Pero como las bocas de los seres vivos, esta tampoco es sin la otra orilla: el Socucho un pueblito que, como todo aquí, retoña todos los veranos.

Dicen que en domingo más de cinco mil personas colman este lugar para darse un baño de agua salada. Eso, en un espacio de menos de dos kilómetros da una sensación de muchedumbre mucho mayor.

Para los habituales pasa como algo natural, mas los forasteros siempre se asombran de que este sea, todavía, un sitio donde la moneda nacional lleva la voz cantante en las transacciones comerciales.

La Boca es como una flor que abre sus pétalos por dos meses del año: julio y agosto. Es un ciclo perenne entre la muchedumbre, la música, los pescadores de ocasión con la arena esparcida en sus manos a la espera de la picada, el “¡pizza, pizza, la buena pizza!”; y también del silencio y las olas cortas del mar.

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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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