Posted by : István Ojeda Bello viernes, 25 de julio de 2014

Físicamente atravesé la posta 3 del otrora cuartel Guillermo Moncada por primera vez a pocos días para cumplir 7 años. Es de eso momentos que no se olvidan. Sin embargo al cuartel ya había “entrado” en las páginas de un polvoriento libro titulado simplemente así: Moncada que leía una y otra vez cuando iba a visitar a mis abuelos. A esa edad los textos largos lo aterran a uno así que me detenía en las letras grandes… “Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario”.


Iba de un pie de foto a otro. Comenzaba por las instantáneas de la miseria, de ciudades desconocidas o irreconocibles, de una época pretérita con uniforme militares raros y un hombre gordo de espejuelos oscuros blandiendo su ametralladora. Entre todas, relataban el antes, el durante y, sobre todo, el después: los crímenes que sucedieron al asalto aquel 26 de julio.

A mis infantiles ojos le sobrecogían las escenas de los cadáveres de los asaltantes. Ahí estaba aquel joven sentado en el piso mirándome fijamente… “José Luis Tasende, herido. Posteriormente sería asesinado”, leía.

En 1988 no pasaba del metro y medio de estatura así que la escalinata se veía enorme. Niño al fin la maqueta del cuartel captó toda mí atención, como también lo hicieron las marcas de los disparos y las huellas de las torturas. Entonces las fotos ya no lo fueron más… Afuera: el ruido ensordecedor de la fuente junto al antiguo hospital Saturnino Lora. Un torrente de agua que parecía caer en un pozo sin fondo.

Diez años después regresé al Moncada cuando distaba poco más de un mes para llegar a los 17. Si tratara de un disco a lo Carlos Varela, este seria mi “Casi 7”.

La segunda visita fue ya la materialización tras nuevas lecturas y la comprobación de los detalles. Durante esa década ya había avanzado hacia la parte escrita de mi desvencijado libro así que el recorrido fue darle colores a un lugar visto una y mil veces en sus páginas, aunque por respeto no le haya dicho nada a la guía.

Al cabo de ese tiempo uno comprende que la emoción de ese encuentro primigenio no es un sentimiento fortuito. De no haber existido ese libro quizás habría sido apenas la estancia en un lugar exótico. Luego en Playa Girón viviría una sensación parecida. Pero ¿qué hacer con esos sitios a los cuales por los azares de la vida no podremos llegar de cuerpo presente? Por suerte tenemos los textos impresos y otros artilugios de la modernidad para conocer de dónde venimos y de quienes lucharon para darnos lo que hoy nos parece natural.

Probablemente regrese al Moncada por su cercanía. Si porque la historia nos trasciende y aunque en ocasiones logremos el sueño de estar en sitios célebres, la mayor parte de las veces tiene su génesis en los libros, completando con la mente la descripción de los espacios. Ahí comenzamos a explicársela a nuestros hijos simplemente como lo que es: un cuento, solo que no fruto de la fantasía de un escritor sino hechos con personas de carne y hueso que llegado el momento le dieron la cara a la muerte para hacernos libres a todos.

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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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