Posted by : István Ojeda Bello lunes, 7 de septiembre de 2009


Todos los expertos la catalogan como la mayor catástrofe natural que haya sufrido esta parte del país, desde el mítico ciclón Flora. Lo cierto es que durante unos meses por su culpa el plátano se volvió un plato denotativo de exclusividad en nuestras mesas.

Pasará mucho tiempo antes de que su recuerdo se pierda en las páginas de los periódicos de archivo. De manera que nuestras vidas tampoco serán tal como eran, antes del vendaval que sufrimos en septiembre del 2008.

Pasado un año es oportuno volver sobre cuanto aprendimos de aquellos días difíciles, aunque haya para quien no hayan terminado todavía. Regresarán los recuerdos de cómo retomamos la añeja técnica de hacer pequeños mechones alimentados con aceite o de cómo emulamos con los operadores de los rítmicos órganos orientales, dando manigueta a los radios chinos.

Seguramente cada cual podrá aportar su propia historia. Pero la determinación ante la adversidad no podrá borrarse de nuestras mentes, como aquella señora que a ocho días de la tempestad en un oscuro poblado de la Yaya me dijo “el agua que nos traen la usamos para tomar y para los niños, nosotros nos bañamos en el río, pero aquí estamos y saldremos adelante”.

Así, unos repasarán las medidas que tomaron a tiempo para resguardar los bienes propios o ajenos, otros podrán analizar, de nuevo, cómo fue posible que aquellos medios o materiales tan preciados se perdieran por exceso de confianza o simplemente por violar los planes establecidos.

Volverán los elogios al esfuerzo de tantos para devolverle la vida a los servicios básicos, el sistema de atención médica y educación y habrá quien alerte preocupado sobre el peligro de los aprovechados depredadores de las instalaciones dañadas por la furia de la naturaleza. Otros con toda razón criticarán a quien se escuda en los daños del huracán para ocultar la ineficiencia. Esos “huracanes humanos”, dirán, son más peligrosos que los naturales.

Las imágenes de las calles bloqueadas por innumerables árboles y los campos arrasados se les antojarán increíbles a nuestros hijos cuando se las contemos dentro de unos años. Mientras los científicos dicen que el clima está cambiando y que los huracanes se hacen más intensos. Por eso las lecciones de Ike no pueden caer en el olvido, por el bien de todos.

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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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