Posted by : István Ojeda Bello martes, 23 de agosto de 2011

A Luis Jiménez Esquivel se le estremecieron los recuerdos cuando supo del estreno del filme Sumbe.Él ha sido mi vecino desde que tengo memoria por eso no pude sustraerme a la tentación de indagar sobre aquel el 25 de marzo de 1984, que según me dijo, fue el día más largo de su vida. De hecho, nuestra plática sobre una época en la cual apenas tenía 20 años, se vio entrecortada por las lágrimas de un hombre que guarda muy dentro de sí las huellas de la guerra.

¿Cómo llegaste a Angola?
“Desde 1981 estudiaba la especialidad de Geografía en el Instituto Superior Pedagógico de Manzanillo y respondí al llamado para formar el IV Destacamento Pedagógico Ernesto Che Guevara compuesto por futuros maestros que viajarían a Angola. Era un país en guerra pero todos queríamos contribuir de una forma u otra. Primero estuvimos seis meses en una preparación en San Antonio de los Baños.

“Mi grupo fue destinado a la provincia de Kwanza Sur. Ya en suelo angolano recibimos un entrenamiento militar básico en Luanda, no era por supuesto el de un soldado ni mucho menos, simplemente aprender a disparar y manejar el fusil.

“Nuestra tarea era impartir clases, fundamentalmente a alumnos de secundaria básica tanto a adolescentes como a adultos que querían vencer el noveno grado. Primero estuvimos en Gabela. Luego en 1983, como estábamos muy alejados de la cabecera provincial, en una caravana militar nos trasladaron hasta Luanda, después por aire hasta Sumbe”.

¿Cómo recuerdas a Sumbe?
“Era una ciudad bonita, aunque no muy grande y bien cerca del mar. Allí además de impartir clases, fui locutor en Radio Sumbe junto a una compañera de Pinar del Río que se llamaba Iraida, no recuerdo su apellido. Hacíamos una revista variada, con música y noticias de interés para los colaboradores cubanos de la provincia.

“Como era una zona tranquila, jugábamos pelota y en ocasiones fútbol con los angolanos. Sobra decir quienes ganaban en los respectivos deportes. Así fuimos creando un ambiente de amistad y colaboración.

“Los 31 de diciembre eran muy tristes por la lejanía de la familia pero de todas formas lo celebrábamos, aunque al amanecer del primero de enero pues lo hacíamos coincidir con el momento en que Cuba llegaba las 12 de la noche.

“También participábamos en actos políticos y realizábamos nuestras guardias nocturnas pues allí prácticamente no había personal militar cubano, solo el destacamento de las FAPLA, el asesor militar, constructores, médicos y maestros dentro de los cuales, además de nosotros, estaban los ya graduados que formaban el Destacamento Frank País. Aunque hacíamos prácticas de tiro, nuestra labor era esencialmente civil”.

¿Dónde estabas cuando escuchaste el primer disparo?
“La noche antes hubo fiesta. Vi algunos angolanos en actitud un poco extraña, pero como era una ciudad tranquila no le di importancia. Estaba durmiendo cuando, en la madrugada, viene Manuel Carbonell, un compañero de Amancio como yo, y me dice “¡Dale que están atacando!” Yo, pensado que eran truenos, me alegré pues me dije: Si llueve podremos descansar.

“Nos tiraban con morteros y nosotros solo teníamos fusiles. Te digo, de no haber sido el propósito de la UNITA capturarnos vivos para chantajear al gobierno cubano, nos aniquilan a todos pues la sorpresa fue total.

“La decisión del instructor militar fue concentrarnos en el edificio de la UNECA, que era bastante fuerte. Además se ocupó una Iglesia que por estar situada en una especie de elevación, era una buena posición defensiva.

“Allí resistimos, junto con la población civil que había logrado llegar. En ese momento pensé que tal vez no sobreviviría para celebrar al día siguiente el cumpleaños de mi hermano.”

¿Entonces la posibilidad de morir fue cierta?
“Desde luego. Porque nuestra determinación era muy firme: No nos dejaríamos capturar vivos.

“Más tarde vi algo que venía volando a lo lejos, me parecieron aves. ¡Era la aviación cubana!. Cada vez que uno de los nuestros disparaba, la alegría era inmensa. Nos sentíamos como en Playa de Girón y levantábamos las armas porque sabíamos que eran nuestra salvación.

“Nos cogió la noche entre el combate, los muertos y los heridos que se llevaban. Luego empezó a llover. Curiosamente, Manuel, por quien había retrasado mis vacaciones para venir juntos, me dejó solo. A él lo evacuaron en un helicóptero después que lo alcanzara la metralla de los morteros casi llegando a la iglesia. Cuando lo vi herido lo abracé pensando que lo habían matado”.

El tiempo no borró las huellas…
Aún tras su regreso a casa, durante un período Luis no pudo dejar de sobresaltarse al escuchar los fuegos artificiales en los carnavales. De hecho, hasta ahora, había sido renuente a hablar de aquel día.

Hoy labora como jefe de Departamento de Ciencias en el Centro Provincial de Reeducación de Jóvenes; sin embargo todavía guarda con orgullo no solo la carta enviada a todos los defensores de Sumbe por el Comandante en Jefe Fidel Castro, sino también el recuerdo de su amigo, el maestro Alfredo Guillot, caído allí. Por eso ve con buenos ojos el que se haya realizado una película sobre un pasaje heroico de un puñado de cubanos, que tal vez, de otra manera habría quedado en el olvido.

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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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