Posted by : István Ojeda Bello domingo, 4 de agosto de 2013

Por ironías de la vida, pensando en el publicitado caso del barco detenido en Panamá, fueron unos acróbatas norcoreanos él último recuerdo que tenía del circo allá por 1989. Una paternal motivación me hizo regresar al circo… ¡24 años después!

Mi Isa me preguntó por la carpa y caí en cuenta de los convencionalismos que todavía rodean al arte circense, porque todavía se le asocia al susodicho techo y al montón de animales.


A mi padre, como siempre, se le revolvieron los recuerdos y evocó la estancia en Las Tunas por años 60 del Circo INIT, en el cual se agruparon las compañías privadas después de su nacionalización.

Entonces, me dijo, cayó un aguacero torrencial y las carpas se rompieron. A los animales los amontonaron tras las gradas del estadio de béisbol. Al día siguiente durante juego una pelota cayó a los pies del elefante, este la agarró con su trompa y por un rato al público no le interesó el partido sino cuándo el paquidermo iba a soltarla.

Ahora no pude hablarle a Isabel de los leones y caballos que había vista en la Ciudad Deportiva de La Habana en el CirCuba 1986 sencillamente porque no los hay. Pero igual uno no puede dejar de maravillarse de las acrobacias, los saltos y las exclamaciones del público cuando parecía que uno de los artistas se destrozaría contra el suelo aunque uno supiera que se trata de personas entrenadas para evitarlo.

Es un ambiente de arte que, por suerte, todavía conserva el circo.

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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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