Posted by : István Ojeda Bello martes, 24 de septiembre de 2013


¿Qué hay tras las carrozas, la muchedumbre y los fuegos artificiales?

En la ciudad de Las Tunas la fiesta popular anual coincide con la temporada de lluvias las que, ni aún en los años de peor sequía, han dejado de asistir a la cita. Así las primeras luces del día vienen con las huellas del aguacero nocturno. Sin embargo los olores que ocultaron la oscuridad, el agua caída y los sentidos embotados por la cerveza, con el alba, golpean la nariz con la fuerza de un mazazo.

¿Cómo se ven esas áreas que la víspera se colmaron de gente, congas, baile y música?...



Primero están los noctámbulos, o quienes llegaron tarde ¡¿quién sabe?! El hecho es que ahí están, apurando el trago y moviendo el cuerpo como si el festejo apenas comenzara. Luego, esos con el piloto automático del cerebro seriamente dañado tras una interminable ronda de alcohol y que, por consiguiente, recuperan su sobriedad transitoria pernoctando en un banco.

Más allá un hombre duerme debajo del carrusel que estuvo manejando casi sin descanso. Él es uno de los operarios de esos aparatos “macondónicos” que van de pueblo en pueblo, de fiesta en fiesta. Casi nunca son los propietarios, así que les toca el trabajo sucio porque el dueño tiene su parte garantizada, por eso muchos optan por pasar la noche en una habitación cuya cama es el piso o un catre. Vienen de disímiles partes de Cuba y dominan a la perfección el cronograma de cada carnaval. Son los gitanos que García Márquez probablemente escogería, junto con sus trastos, para escribir una versión cubana de su Cien años de soledad; son los que hacen de cada ciudad o pueblo su propio Macondo al cual asombrar o divertir.

Al costado otro lava sus dientes en frente a un lavamanos imaginario, mientras los más madrugadores se apuran a arreglar las bicicletas que alquilarán en cuanto empiece a oscurecer…

-“¿Cuánto hiciste?

-“No mucho. Pero esta noche me voy para El Tanque, dicen que anoche allá había tanta gente que no se podía caminar”.

Así hacen balance la jornada anterior dos vendedores y, de paso, planifican la próxima. En su charla denotan la filosofía de depredador que les rige. Van tras las multitudes, donde aquellas se detengan ahí buscarán lo suyo.

Sobre las aceras los camapés o “pimpampum” como usted quiera llamarlos, desentumecen sus engranajes para volver a sostener cuanta cosa pueda resultar de agrado de los compradores de ocasión. Quienes los abren también andan de viaje aunque las grandes maletas que traen no esconden artículos de uso propio sino la mercancía. Por suerte la modernidad ya dejó atrás las cajas; y los equipajes que en otra parte acompañan a turistas o aventureros aquí sirven de almacén errante.

Entre todos caminan los barrenderos. Hacen lo que pueden ante la suciedad mucha y las pocas manos. Andan como fantasmas porque los fiesteros matutinos no los ven, pero ahí están trabajando en un silencio que solo interrumpe el ruido de las escobas y las palas. En las calles cercanas los termos de café hacen su propia zafra pues abundan las bocas ansiosas de devolverle a las neuronas la salud perdida tras horas de juerga.

Sí, también los barrios periféricos, aunque no quieran, viven su particular versión del carnaval. Allí la salida del Sol parece no tener mucha diferencia salvo porque, quizás, el silencio sea mayor que en otras ocasiones y haya quien solo se entere de la fiesta por el eco de las explosiones de la pirotecnia o la estridencia de los coches desandando en la madrugada las calles oscuras.

El amanecer de una noche de carnaval es para la ciudad que la vive despertarse con resaca y ojeras. Una aurora de modorra transitoria, pero solo hasta el año próximo.

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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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