Posted by : István Ojeda Bello miércoles, 18 de diciembre de 2013


Tres viejitas esperando su “oportunidad” frente al baño de los hombres porque el de las damas estaba lleno, la 195 a las 2 de la mañana; las lágrimas, los aplausos, los cabezazos en las lunetas y las carcajadas de Camilo en medio del silencio… todas serían razones más que suficientes para no olvidar un Festival del Nuevo Cine Latinoamericano en La Habana.

En esos días la capital de Cuba es más cosmopolita y parece girar en torno a la sala oscura. Digo parece, porque ahí estaban los conciertos de Álvaro Torres, Fara María y Los Ángeles para decir lo contrario. Sin embargo las largas filas frente al Yara, el Riviera, la Rampa, el Charles Chaplin o el 23 y 12 siguen confirmando la adicción de los cubanos por el cine. A la cola hay quien llega muy informado tras leerse la cartelera, otros solo preguntan y si les parece bien se quedan.


En la taquilla te aguardan las entradas y también de vez en cuando una nota de alerta sobre particularísimos visitantes cuyos objetivos son costumbres de autosatisfacción sexual. Por eso siempre es aconsejable “escanear”, de soslayo, a los compañeros desconocidos en las lunetas cercanas.

Si el filme es bueno la sala se vuelve pequeña y se intercambian comentarios a la salida aunque al interlocutor lo veamos por primera vez. Entonces uno se percata que llorar ante un documental emotivo no es sensiblería pues no se está solo en los sollozos como tampoco en las carcajadas ante la interrogante de “¿Qué tiene la fauna contra el Beto?”. Al final, si valió la pena por la razón que sea, los aplausos de aprobación y de complicidad con lo visto.

Pero un Festival en La Habana no hubiera sido lo mismo sin la “clandestinidad” de un apartamento de tres piezas en Guanabacoa cuya tranquilidad se vio alterada por un piquete que administró con pericia el espacio y sació su hambre con croquetas y mucho cariño. El mismo grupo que anduvo por las calles de una villa cuyas calles por inclinadas evocan a Santiago de Cuba.

En el apartado de las lecciones me quedan pulir mis habilidades para trampear la repartición de los plátanos maduros fritos y confiar más en mi pareja en el dominó, quien, todo sea dicho, me recordó a Víctor Mesa por la destreza y… los regaños. En el corazón guardo los frichuelos y el sonrojante debate dirimido en un Pedacito de mar y, sobre todo, los brazos abiertos y la cálida hospitalidad, tan unidos como un  silogismo filosófico de la lógica formal aristotélica.

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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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