Posted by : István Ojeda Bello viernes, 20 de junio de 2014

A menudo en Cuba creemos tener la exclusividad en muchas cosas, incluyendo extender al béisbol más allá de los asuntos estrictamente deportivos, como si fuera algo completamente negativo que la gente exprese en los deportes su pasión y otros asuntos ligados directamente a la vida cultural y política de cada país. Pues he aquí que el fútbol hace mucho tiempo que lo está haciendo y nadie se corta las venas por eso.
En los años 30, el dictador Benito Mussolini trató infructuosamente de cambiar al negro de sus hordas fascistas el color las camisetas de los futbolistas italianos. “Hace 20 años estábamos en guerra contra ellos”, pensaba uno de los jugadores ingleses antes de enfrentarse a la entonces República Federal de Alemania (RFA) en la final de la Copa Mundial de 1966. Los holandeses se visten de naranja, y no porque prefiera al referido cítrico por encima del resto de las frutas, sino porque Organge (naranja) es el apellido de la familia de la Casa Real que ostenta el trono de los Países Bajos desde el siglo XVII.

Si los argentinos (y las argentinas) vivieron con particular emoción derrotar a los ingleses en México 1986, se debió en parte a que estaban frescos los recuerdos de la Guerra de las Malvinas; así que vencer los europeos tuvo sabor a revancha. Una reivindicación territorial aún presente entre la fanaticada albiceleste a juzgar por los carteles vistos en los estadios brasileños en estos días.

Estados Unidos e Irán se enfrentaron por primera vez al más alto nivel futbolístico entre selecciones nacionales el 21 de junio de 1998 en Francia, ambos llegaron al partido sin opciones de avanzar a la próxima fase del torneo, sin embargo en la cancha parecía dirimirse el título y tras la victoria de los persas 2 goles por 1, en la nación del Oriente Medio hubo fiesta nacional.

Ahora a la inauguración de Brasil 2014, junto a la anfitriona Dilma Rousseff, estuvieron presentes los presidentes de Bolivia, Evo Morales, de Chile, Michel Bachelet, de Ecuador, Rafael Correa, el paraguayo Horacio Cartes, la de Surinam, Desiré Delano Bouterse, el mandatario angolano José Eduardo Dos Santos, así como el primer ministro de Croacia, Zorán Milanovic y el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon.

Más tarde en el debut de Alemania las cámaras de la televisión revelaron la presencia en el palco de honor de la Arena Fonte Nova de la canciller teutona Angela Merkel, quien cruzó el Atlántico para darle ánimo a sus compatriotas. “Fue un lindo gesto. Nos parece genial que haga este viaje, siempre es una alegría que visite el vestuario”, dijo más tarde el director técnico germánico Joachim Löw.

La afición de la estadista europea por el más universal de los deportes se notó desde que Alemania acogió la cita mundialista en 2006. En esa ocasión asistió a todos los partidos de su selección nacional y cuatro años después en Sudáfrica 2010 hizo lo mismo desde la fase de cuartos de final; aunque en ambas momentos los narradores deportivos de Tele Rebelde no se dieran por enterados.

Como tampoco lo hicieron esta semana ante la presencia de Joe Biden, segundo al mando del gobierno estadounidense quien estuvo presente en la arrancada del Once dirigido por Jürgen Klinsmann frente a su similar de Ghana. Y no es que esperemos amplias disertaciones al respecto pero hacerlo notar sería una buena contribución a la superación cultural del público.

Digresiones aparte, si los políticos de disímiles puntos del orbe hacen el tiempo para verse en las tribunas de los estadios de fútbol, no es únicamente por motivaciones proselitistas, responde a una razón obvia: el también llamado balompié superó hace rato los estrechos marcos del entretenimiento para asentarse definitivamente en las raíces culturales de buena parte del mundo.

Por eso son estériles los clamores por la “despolitización” de los deportes, en particular el fútbol, también del béisbol, pues sin dudas las motivaciones “extradeportivas”, si es que es posible hablar de eso, también le enchufan ganas el juego. A fin de cuentas la victoria es el propósito o al menos intentarlo con todas sus fuerzas. Aunque no está demás advertir que eso no significa llegar a los extremos de la agresión física entre atletas o entre los partidarios de uno otro equipo.

En el fútbol, como el resto de los deportes, el romanticismo del ejercicio físico quedó para los cerebros elitistas de los barones ingleses que estiraban los músculos con el estómago lleno o para esos momentos en que le dedicamos una tarde o una mañana romper la rutina del trabajo. Detrás de la Brazuca, o desde las tribunas de un estadio, también se dirime el orgullo nacional y la pasión de miles de personas.

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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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