Posted by : István Ojeda Bello miércoles, 25 de junio de 2014

A dos horas de cumplir 90 años a "Neno" se le despertaron los recuerdos de cuando se levantaba temprano ponía a colar el café y salía con el fresco de la madrugada para el que el sol no castigara sus sienes.

Delgado y con un pelo negado a encanecerse por completo. Nunca elevó su voz, salvo para darles órdenes a los bueyes de su yunta. Nació un 24 de junio cuando el santoral católico era el referente para los nombres, así que le tocó Juan.

Ya su corazón cansado no resiste las jornadas de antaño. Anda con un bastón hecho de madera rústica y cortado hoscamente con un machete. En toda su vida no supo de otra cosa que no sea trabajo.

Su niñez fue dura. Era una época de dormir en hamacas, de bohío con piso de tierra aunque siempre limpio en su pobreza. Si hoy las constelaciones nos traen recuerdos dulces, para ellos era la manera de saber la hora. Jamás su padre tuvo reloj, pero sabía el momento de levantarse más temprano que de costumbre, digamos a las 12:30 o la 1 de la madrugada si había muchas carretas de caña por cargar.

En tiempo de zafra la dieta mejoraba y se permitían el “lujo” del tocino, el chorizo o el bacalao. En tiempo muerto: solo viandas hervidas, exprimiendo cañas para endulzar el café y con el fogón a la espera de la llegada del padre para encenderlo.

A Neno lo conocí ya en su madurez como un hombre de rutinas casi invariables. Siempre antes de la 11 de la mañana estaba de regreso en casa y, tras el almuerzo: la siesta; luego con el sol bajo, una corta visita al caserío cercano: Vedado 6. Antes del anochecer: recoger los animales y no perderse Las Aventuras y el Noticiero Nacional de la Televisión; salvo los domingos cuando, por respeto, nadie ha osado nunca sugerir la idea de poner otro canal que no sea por el cual pasan el programa Palmas y Cañas. Salvo para bañarse en la playa, en su vejez no sale de su casa. Quizás de él heredé mi amor en la distancia por el mar.

 Más tarde supe que sufrió en silencio mis rechazos infantiles de nieto citadino a saludarlo cuando pretendía abrazarme tal cual venía del campo, con el sudor corriéndole por el cuerpo y la camisa llena de pedacitos de maleza. Quizás por eso ahora lo aprieto… no muy fuerte, pues sus brazos ya no son los de antes.

Con el reloj avanzado hacia sus nueve décadas de existencia tuvo la vitalidad suficiente para concluir su corto relato con voz firme antes de irse a dormir: “La historia mía no se ha acabado todavía”.

2 Responses so far.

  1. Muy bonito Itsván. Con los años vemos mejor las esencias.

  2. josé says:

    hermoso sentimiento el tuyo, cubano amigo, cómo me gustaría conocer a ese viejo y darle un abrazo, así como dices, sin apretarlos demasiado, porque sus brazos ya no son los de antes. Un saludo argentino.

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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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