Posted by : István Ojeda Bello domingo, 9 de noviembre de 2014

Aunque lo niega, mucho de este Antonio Medina Segura que conozco, probablemente ya estaba en aquel joven de 19 años que se fue a un tecnológico industrial en la otrora RepúblicaDemocrática Alemana (RDA); más allá del pelo largo, el ingenio y la determinación de no dejarse aplastar por nadie. Tampoco admite ser bueno hablando alemán, sin embargo al evocar esa época varias veces lo hizo con palabras y frases completas en ese idioma.

Era una conversación que me debía hace tiempo pues Tony siempre ha sido como mi máquina del tiempo a una etapa que viví pero sin la madurez suficiente. Ahora los 25 años de la caída del Muro de Berlín fueron el pretexto para romper, por fin, el hielo mientras él escarbaba en sus fotos como quien hurga en sus recuerdos...

¿Por qué a Alemania?Me gradué en La Habana de mecánico en reparaciones de máquinas y herramientas. Me enviaron a la CUJAE para hacerme especialista en Mantenimiento Preventivo Planificado. Supuestamente iríamos a España, un electricista y yo a comprar unas grúas para el Laminador que se construía en Las Tunas. Luego me pasaron al área de lubricación y pensaron que era mejor mandarme a estudiar a Alemania. Eso fue en 1986.

A Alemania no me la imaginaba, no conocía nada. Para mí el sueño era la URSS, Bulgaria o Checoslovaquia porque la mayoría de mis amigos habían estudiado allí. Pero la ensambladora de autos que se suponía que íbamos a tener en Las Tunas solo la había en Alemania y para allá fuimos 11.

Primero pasamos un curso de idioma e  íbamos adaptándonos con los trabajadores en diferentes fábricas de la industria automovilística. Era como un tecnológico, el Federico Engels, en Leipzig de allí pasaríamos a la Universidad Lenin.

Los alemanes…
Al principio fueron super extraordinarios.  No sé si por mis 19 años les agradé siempre. Sin embargo había un tipo, lo llamábamos  “el Petroya” que tenía todas las características del típico nazi: alto, fuerte, de pelo blanco.  Recuerdo que en una de las primeras clases de idioma, yo cansado por el cambio de horario estaba como recostado en mi asiento y él viene y me da con el pie. Me paré y lo pateé también. “No. Me puedes mandar para mí país ahora mismo. Yo seré negro pero a mío nadie me patea”, le dije.

Sin embargo tú no eres negro. En Cuba eres blanco…
Había xenofobia. Lo pude ver en los primeros momentos. Ser extranjero, no importaba si eras rubio para ellos eras un negro. Cuando no, pasaba por indio. Hubo una señora que fue como mi segunda mamá en Alemania que cuando le enseñé la foto de mi hija en Cuba me dijo “Una auténtica india”.

Si le hablabas de Cuba ellos pensaban que éramos unos salvajes. La propaganda que salía sobre Cuba era caña, un machetero negro cortando caña o algunos negros en sus bailes africanos.

Yo lo preguntaba todo, cómo se dice esto o aquello. Cómo se enamoraba a una mujer, qué se  le decía. Luego un socio me aconsejó que no tuviera traductor. “Te engañan”, me dijo. Me busqué un amigo que hablaba mejor que yo hasta que un día le dije. “no sigas” yo hablo solo.  Renuncié al español por entero. Hablaba, soñaba, escribía todo en alemán.

Me di cuenta que lo que al principio te daba risa luego me ofendía. Había veces que se decían cosas entre ellos y soltaban la carcajada. Comencé a entender que eso que te hacía gracia ya no era tan gracioso. Llegué a entenderlos y a desmentirlos cuando hablaban mal de mi país.

Los primeros indicios…
En 1988 vine de vacaciones a Cuba y amigos de mi papá, de la Seguridad del Estado, vinieron a verme a preguntarme cómo estaban las cosas en Alemania, en Hungría. Porque también viajé a Hungría. Allí y en Checoslovaquia se compraba todo más barato. De hecho cuando fui por última vez a Hungría estaba Queen y había un ambiente totalmente distinto.  Tuve una mujer que fue mi esposa y profesora por eso nos veíamos a escondidas. Yo iban en tren hasta Dresden me montaba en su Skoda y viajábamos.

Después que regreso de Cuba me dicen que Hungría quiere romper con el CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica). Pero como nunca me había interesado mucho la política sinceramente no había notado nada. Sí tenía amigos  que habían intentado cruzar el muro varias veces y odiaban a muerte a (Erich) Honecker.
Un lunes bajo al mural de la escuela  donde siempre anunciaban lo que habría en la semana: conciertos, partidos de fútbol, en fin...  Había un cartel que decía “no duermas más despierta, juntos salgamos el jueves etc.”

Era la convocatoria a una manifestación…
Exacto. Siempre teníamos un compañero del Partido y nos reuníamos todos los días para comentar y esas cosas.  Llegué y le dije a mi jefe de grupo “¿leíste lo que está en el mural?”.  Nos reunimos y nos prohibieron salir los jueves porque a las 5 de la tarde había una manifestación. Empezaron primero uno tipos con pelados raros como hinchas de fútbol, no como políticos.  Fue creciendo y la policía los reprimió. Después un grupo de artistas famosos, un tenor, creo, porque en Leipzig era una ciudad muy fuerte en la música sinfónica y lírica; también cuatro o cinco campeones olímpicos de varios deportes, todos se pusieron al frente de la manifestación como escudos  humanos y el Estado no pudo reprimirlos más.

Yo vivía con mi esposa alemana no con los otros cubanos. Iba a mi escuela, buscaba trabajo cuando necesitaba dinero. Fui a Rostock donde teníamos unos amigos; pero resultó que nos montamos en el tren que se conectaba con un ferry que iba a Suecia y que pasaban por una isla que decía era privada de Honecker. En definitiva nos bajamos en Straisund y vi un cartel con un símbolo nazi y diciendo “extranjeros lárguense”.  Llegamos a Rostock y en la terminal vi otro letrero que decía “por un alemán muerto 10 cubanos deben correr la misma suerte”. Ya por ahí empezamos a sentir miedo. Cuando llego al edificio donde vivían nuestros amigos, la mujer de la puerta me abre, pero con miedo. “¿de dónde tu eres, qué buscas, tu eres cubano?” me preguntó. Es que había una resolución que nos prohibía a los cubanos ir a esa provincia  

Empiezan a cambiar las cosas…
Todos los años participábamos en dos marchas: por el Primero de mayo y la Revolución de Octubre. Y en ese 1989 salimos normal, el 7 de noviembre a la marcha por la Revolución de Octubre con los carteles de siempre. Veníamos todos y hubo de momento como un desbarajuste, como un carnaval y dijeron: “a casa todos el mundo, voten los carteles y a casa todos”.

Llego y pongo la televisión, recuerda que se marchaba en todas las ciudades al mismo tiempo; y en Berlín en la manifestación cambiaron los carteles y pidiendo la unificación. Y llegan las noticias de la destitución de Honecker.

El muro cayó y todo dejo de ser…
En esos días de manifestaciones nosotros en los edificios no solo ya no podíamos salir los jueves, sino que empezaron a agredirnos con cocteles molotov, piedras, sillas...

Y lo primero que nos hacen después que cayó el muro fue un tipo que parecía el más amigo. Lo primero que hizo fue cortarnos la calefacción en medio de aquel frío. No teníamos agua ni para lavarnos los dientes.
Ya no solo no podíamos pegarnos a los pasillos ni ventanas y nos fuimos hacinando en habitaciones pequeñas con los extintores cerca para apagar las botellas encendidas que nos tiraban.

Cerraron todos los mercados que el Estado atendía. Las tiendas donde comparabas antes ya no existían. Había una especie de júbilo, de rabia. No era la rabia de haber terminado con el sistema sino que querían terminar con todos nosotros.  Una de las consignas que más mencionaron siempre era “que se larguen los extranjeros”.

Aquellos que eran tus amigos dejaron de serlo. En el verano siguiente fui a Hamburgo a Munich a Dinamarca. Pero seguíamos sitiados y empezaron a sacarnos  y nos preocupaban las noticias.

Veíamos a la televisión, la invasión a Panamá. También la salida de los cubanos de África coincidió con la salida de los soviéticos de Alemania. En una terminal y te podías encontrar a todos, desde los rubios hasta los asiáticos regados por todo el lugar.

De hecho un día llegué a la escuela y encontré que el cartel del nombre “Federico Engels” no estaba. Esto pertenece a la Wolwagen, me dijeron.
De los más de tres mil entre profesores y alumnos que había dejaron como 500.

El regreso…
Nos cambiaron el Instituto. En el edificio donde yo estaba ya ellos se tuvieron que ir todos. Y me dije: esto murió. Nos reunieron a los 27 o 28 estudiantes cubanos que quedábamos. Se manejó que fuéramos para la URSS, pero había cambiado todo.

“Regresan a Cuba con unas vacaciones de 45 días a ver qué se decide con ustedes”, nos dijeron. Vino el director de la escuela y me dijo: “Te doy casa, nacionalidad y trabajo, te puedes quedar”. Le dije, “No. Tengo mi familia en Cuba”.

Me molestaba mucho ese trato de “negro”, me gritaban, me escupían. Los tontos cubanos que fueron a trabajar se dejaban humillar por los alemanes “Ladra como un perro, tírate al piso”… y ellos lo hacían.  
Otra vez llegué a una fábrica donde había conseguido un buen trabajo y habían puesto la bandera de la Alemania Federal junto a la de Estados Unidos. Llegué a donde estaban los otros cubanos y dije “el que trabaje debajo de esa bandera se va a fajar conmigo”. Hicimos como una huelga.

Eso fue como un acto de rebeldía. Uno de los tipos me insultó, cuando salimos en los casilleros me dijo “puerco” y me tiró al piso. A la salida lo esperé y le caí a pedradas. Fueron cosas así, que fueron pasando. Se volvieron más agresivos con nosotros. Y las broncas entre cubanos y alemanes fueron más frecuentes.

 25 años después…
Ya no soy el joven aquel. Siempre en Alemania me imaginé que la unificación debía llegar. Gustase o no. Tampoco le íbamos a perdonar los crímenes que hicieron en la Segunda Guerra Mundial; pero siempre me imaginé que si nosotros no merecíamos una Base Naval de Guantánamo, Alemania no merecía un muro…


Solo una rubia menuda, de labios deliciosamente pronunciados, pidiéndole que le hiciera una caricatura pudo ponerle fin a nuestra plática. No sin antes advertirme que fue allá en las pizarras del tecnológico de Leipzig donde comenzó garabatear los primeros trazos que marcaría el inicio de su actual carrera como humorista gráfico, ¡y de los buenos!

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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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