Posted by : István Ojeda Bello viernes, 1 de junio de 2018

Después de 16 meses en el servicio militar obligatorio a un muchacho de 20 años no le preocupaba la rigurosa disciplina o el alejamiento de su hogar. «No puedo tener mi teléfono celular. A veces saco un pase (permiso) y voy a casa de mi tía solo para tenerlo un rato», le escuché decir. Cuando a un puñado de adolescentes les pregunté si estaban o no en Facebook tuve como respuesta rostros que me dijeron sin hablar que había hecho una interrogante obvia porque ¿quién no está hoy en Facebook?
Ambas historias podrían ser la de otros de su edad que no conciben su existencia sin tener alguno de estos aparatos o estar en cualesquiera de las plataformas digitales de intercambio de contenidos textuales y/o audiovisuales que existen.

Charlando con profesores que imparten las asignaturas de Cultura Política y Educación Cívica en los preuniversitarios y las secundarias básicas, ellos me hacían partícipe de una inquietud recurrente. Sus alumnos les plantean temas o preguntas sobre asuntos que no se debaten habitualmente en los medios de comunicación tradicionales. Así, de la manera más directa y sin demasiado margen para maniobrar, los docentes notan que el estudiantado, y por extensión la juventud, ya tiene sus propios escenarios públicos para hablar y comentar sobre tópicos que no figuran en las agendas institucionales. Confrontados ante ese hecho no son pocos los preocupados porque allí se traten cosas que desde su punto de vista sean «indecentes» o políticamente complejas.

«Se habla de todo», me dijo una estudiante. ¿Qué es «de todo»?, le pregunté tratando de que fuera más precisa. «Deportes, cultura, curiosidades, así: de todo»: fue su respuesta.

En 2016 estadísticas oficiales indicaron que Leonel Messi, Cristiano Ronaldo, el Real Madrid y el Fútbol Club Barcelona fueron las cuestiones más buscadas en la red. Es apenas la punta de iceberg de muchos más tópicos que extenderían la lista hasta lo cotidiano, e incluso lo aparentemente trivial, que es dirimido con intensidad en las plataformas digitales, cuya penetración en el público doméstico creció en el último año en más del 200 por ciento.

Habría que hacer estudios más completos para saber con exactitud qué rol tiene el segmento más joven de entre los cubanos presentes en la web en el ascenso o no de algún tema en específico dentro de la lista de prioridades.

Pero no es difícil intuir que su participación no debe ser nada despreciable a sabiendas de que el grupo de entre 12 y 35 años suele ser el más activo. Entre otras cosas porque el socialismo cubano ha sido muy exitoso proveyendo a las nuevas generaciones del acceso a servicios gratuitos y universales de salud y educación que los colocan en la capacidad de aprender con más rapidez el uso de esas facilidades tecnológicas, desde el más modesto de los teléfonos móviles hasta los complejos lenguajes de la programación.

Por la propia naturaleza de su edad es normal que los intereses en cierta medida se distancien de las porciones más adultas lo cual no es intrínsecamente negativo. Sería fuente de discordia si se pretendiera que las nuevas generaciones salten las etapas, eviten los mismos caminos conceptuales que otros pisaron primero o, digámoslo con simpleza, vayan directo a Joaquín Sabina sin antes haber pasado por Ricardo Arjona.

Compartir las fotos de la salida nocturna o un corto mensaje de texto es proyectar gustos, aficiones, fantasías que se enriquecen y modifican en el contacto virtual con otras personas.



Por supuesto, eso trae aparejado también el peligro de la enajenación que es el estadio sumamente cómodo para los valores del consumismo y del tener por encima del ser que legitima la moral capitalista contemporánea.

Si hoy los profes en las escuelas casi pierden los estribos ante una pregunta inesperada es también porque las redes sociales trastocaron la noción de qué cosa era Internet. Los llamados nativos digitales la ven, primero, como el escenario de expresión cotidiana de sus aspiraciones, sueños; o para «hacer amigos» o «conocer personas». Solo después la asumen como la herramienta de consulta o búsqueda de información, que es el concepto de quienes nacieron en la era analógica y son por tanto «migrantes digitales».

Todavía desde la institucionalidad quizás se interpreta demasiado instrumentalmente esos procesos. Por una cuestión generacional los decisores de las políticas esperan que las muchachas y los muchachos usen estas plataformas solo para hacer sus tareas o tratar temas apropiados. Esa es una intensión loable y racional teniendo en cuenta el contexto cubano, marcado por la presión de estrategias foráneas de cambio de régimen que priorizan a las plataformas digitales. Sin embargo, pretender que sea el único uso de la red será un intento estéril que terminaría por separar a unos grupos etarios de otros.

Adultos y adultos mayores tampoco han traspasado los extremos de o bien hacer un uso romántico u utilitario de la red con fines y comunicativos, o asumirla como una especie de gigantesca biblioteca sustitutiva de las estanterías de libros.

Con el tiempo los límites entre una generación y otra irán desapareciendo, si es que no lo han hecho ya, cuando los millenians de hoy se tornen en padres y madres del mañana. Entonces será sensato recordar que los hijos proyectan lo que ven en casa y en buena medida su interacción con sus progenitores o familiares más cercanos también configura sus primeros acercamientos a la red y las plataformas de intercambio de contenidos. Por supuesto esto luego sufre modificaciones importantes cuando se pasa la frontera de la adolescencia. Pero si un niño creció asociando a Facebook con el espacio de cotilleo banal y a YouTube con la fuente donde encontrará videos estrafalarios, le costará mucho más trabajo luego comprender que existen para algo distinto.

Puede que al cabo de unas décadas escuchemos a algún heredero de Carlos Varela versionando su célebre tema «Memorias» diciendo: «Estoy sentando el muro de Facebook, como hace un siglo atrás, a veces me pasan en el chat, a veces no, a veces nada más….».

Lo que antes se dirimía en las esquinas o a lo sumo en las plazas de las escuelas durante el recreo, ahora discurre en los muros virtuales. Por eso antes de estirarnos los cabellos porque los rostros colmados de acné quieran verse reflejados en los famosos youtubers, sería saludable recordar que la red transparenta la sociedad que tenemos y si se aspira a una presencia allí más responsable y enriquecedora de los más jóvenes siempre será necesario, primero, incentivarles el pensamiento propio por encima de la reproducción.

Publicado originalmente en Alma Mater

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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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