Posted by : István Ojeda Bello jueves, 14 de marzo de 2013

Como los caramelos de sabores diversos, cada nuevo análisis o debate sobre la prensa cubana deja su propia sensación al paladar del intelecto; dependiendo, por supuesto de los ingredientes y los cocineros. El más reciente auspiciado por la revista Espacio Laical no fue la excepción. Alguien me dijo que era para echar a llorar por las verdades ahí dichas. Sinceramente no creo que sea para tanto

Mientras dan la impresión de que, por lo dicho allí, la única con todos los problemas y/o carencias que se enumeran es la prensa en Cuba, ciertamente plantean interrogantes que, de una manera u otra, bullen entre el gremio periodístico y que suscitan opiniones diversas, incluyendo aspectos muchos más complejos como la interacción entre el Partido y los medios de comunicación.

¿Existe una política informativa en Cuba? ¿Quién diseña esa política y quién define lo que se publica?, se preguntan.
Nadie que ejerza el periodismo en Cuba podría negarlo. Ahora bien. Hasta dónde está explícitamente establecida y cómo es entendida a los niveles políticos y en los diferentes medios. Ya eso es otra cosa.

La mostrada como terrible consonancia de los discursos de periódicos nacionales no es, en propiedad, una señal reveladora de una conducción explícita de la agenda mediática, sino que los temas son comunes. Algo descrito en entornos sociales claramente diferentes a los de Cuba.

Aunque Esteban Morales cita ejemplos ilustrativos muy elocuentes e indicativos de la manera poco creativa en que lo anterior se demuestra, Luis Sexto pone el dedo en la yaga señalando que “la política se desvía, y donde se ha de abrir se cierra. Imaginar, sin embargo, que todos los días un funcionario del Partido visita a los medios para decir qué se publica y qué no puede publicarse resultaría un tanto simplista. Sin bien es cierto en cierta medida también”.

El problema más que en los contenidos está en la forma, dice Sexto y agrega: “Sería injusto afirmar que, actualmente, todo se consulta y que para todo se pide permiso. Se consulta, en efecto. Pero descontando asuntos estratégicos, existentes en cualquier país, el consejo editorial de un medio, al menos en los nacionales, decide qué y cómo se pública o se difunde, aunque la brecha se abre o se cierra dependiendo de qué se clasifique, políticamente, como estratégico. En esa percepción, exacta o desmesurada, operan también las actitudes y las capacidades humanas. Como es evidente, no aprovechamos hoy, internamente, el espacio que nos dejan las regulaciones exógenas, más rígidas que nunca antes en las presentes circunstancias. Nadie ha prohibido el título sugerente, ni el lead interesante, ni el reportaje formalmente revelador, o el artículo que roce la realidad más profunda, aunque sea sugiriéndola”.

En lo personal estimo que, aderezado todo con altas dosis de subjetivismo, uno de los más sintomáticos conflictos a la hora de concretar una política informativa, que es más consensuada de lo que parece, es lo poca costumbre de todos sus componentes a aceptar el verdadero disenso de la opinión. Es preciso rescatar el disentir entendiéndolo, no como la oposición de los enemigos de la nación; sino como el manifestar un parecer diferente o plantear los problemas con claridad, sin eufemismos.

Al respecto es muy ilustrativo lo dicho por Justo Planas: “Siempre que alguien me pregunta socarronamente por qué no decimos lo que pasa en su centro de trabajo lo invito que lo diga él primero allí, en vista de que le preocupa tanto. Mucha gente no quiere hablar abiertamente los problemas del país en las reuniones del trabajo o la cuadra, pero aspira a que los periodistas sí lo hagan. La prensa es reflejo de su sociedad”. Es lo que nuestro presidente Raúl Castro ha llamado, buscarse problemas, lo cual, como se ve, es mucho más sencillo pasarle la pelota al terreno de la prensa.

No obstante Planas es simplista al decir que la relación de los medios cubanos con las organizaciones sea algo “exclusivo” y negativo por naturaleza. Algo que creo, cuanto menos, una ingenuidad increíble. Los lazos de la prensa con determinados grupos e instituciones son más extendidos de lo que parece a escala global, lo cual, desde luego no legitima per se el vínculo; sino que incluso dentro de estos marcos es posible establecer principios éticos y de agenda para el periodismo que le permitan participar y en determinados momento conducir el debate social.

El investigador Jorge Gómez Barata, opina que “las políticas tienen derecho a existir; lo importante es que sean correctas, viables y permitan un desempeño eficiente del área que se trate. No se cuestiona hoy la política cultural, ni la que rige las relaciones con la religión, la Iglesia y los creyentes porque son básicamente correctas, inclusivas, permisivas y aperturistas”.

Desde mi punto de vista todos los revolucionarios estamos de acuerdo en que la prensa debe asumir con responsabilidad el abordaje de los temas polémicos. Aunque las cuotas de consenso con los periodistas son dispares a los diferentes niveles, e incluso diferentes de un territorio a otro, o de un tipo de medio de comunicación a otro.

Dicho con más claridad: la interpretación hecha en la capital difiere de la vista en las provincias. Cómo se concreta en la televisión y la radio no es similar a la de la prensa escrita. Y si combinan todas esas variables entonces el análisis se complejiza todavía más.

Así ocurre con clara disparidad en el abordaje de la llamada “imagen Cuba” en el concierto de los medios digitales. Mientras es compartida la responsabilidad de mostrar los aciertos sociales y económicos de la Revolución frente a las campañas de difamación orquestadas en el extranjero, se le asigna una desproporcionada exclusividad temática crítica a los medios nacionales por encima de los llamados “provinciales” cuando, en la red, todos funcionan como lo mismo: las ventanas a través de las cuales los lectores foráneos pueden conocer la realidad del país.

Prácticas que, de paso, contradicen el llamado partidista a “reflejar la realidad en su diversidad; informar de manera oportuna, objetiva, sistemática y transparente; estimular el análisis y ejercicio permanente de la opinión, y desterrar la autocensura, la mediocridad, el lenguaje burocrático, la retórica, el triunfalismo y la banalidad”

Dice Luis Sexto: “los medios oficiales guardan cierto decoro con respecto de lo que es verdad o mentira” y “salvo excepciones, esos medios alternativos se caracterizan por publicar sin concierto ni acierto cualquier cosa y ejercer una crítica que no tiene en cuenta las circunstancias en que se mueve el objeto de su diatriba o reporte”. Ahí radica la mayor oportunidad para los medios revolucionarios para fortalecer y ampliar su credibilidad.

No solo entre los públicos foráneos sino también entre las audiencias internas pues como advierte Esteban Morales, el cubano de hoy: “De manera directa o indirecta tiene acceso a otras fuentes de información, que en los años 60 no tenía, gracias a la computación, a los turistas que visitan nuestro país, a las relaciones con los familiares en el extranjero y a los viajes que hacen a otros países”.

Otro asunto que ninguno de los partidarios de “separar” a la prensa de la tutela estatal responde es cómo se aseguraría la sostenibilidad económica de los medios sin caer en la trampas de los patrocinadores y el comercialismo, manteniendo un ilusoria “independencia” de los medios.

Esa ya razón más que suficiente para conversarla bajo la protección del Estado como garante de intereses colectivos y del servicio público de los medios masivos más importantes. Por eso suscribo el criterio de Luis Sexto en el sentido de que “a nuestra prensa, pues, le convendría una ley que regulara, también en términos generales, el papel de los medios y su espacio, además de la expresión legal de la deontología periodística. Sería una base. Por otra parte, los medios necesitan ser regulados endógenamente. Si la ley apareciera y no reconociera la capacidad autorreguladora de la prensa, no tendría sentido. Y no reclamo la independencia, ni reclamo la privatización. La prensa es esencialmente una institución política de servicio público y, por lo tanto, no la concibo de otro modo que no sea como defensora de los intereses colectivos de la nación y como propiedad de la nación”.

Sigo creyendo que no es el momento de las lágrimas o el desaliento; que es posible establecer espacios de discusión y debate franco para hacer una prensa cubana mucho mejor.

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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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