Posted by : István Ojeda Bello jueves, 22 de mayo de 2014

Era un domingo amanecido antes de lo acostumbrado, así que a las 8 de la mañana se sentía en los huesos y el estómago como si fuera mediodía, mas, con los baches que hacían un tramo de 40 kilómetros de carretera algo interminable. Entonces uno de los pasajeros de ocasión abrió su moderno dispositivo audiovisual y tras una corta meditación nos compartió su “particularísima” lista de canciones preferidas.

Es esa especie de música social que nos acompaña en esta época de dispositivos cada más miniaturizados. Después de dos ¿o tres? reguetones de ocasión empezó a escucharse Miley Cyrus con su Wrecking Ball que, honestamente, se oía un tanto fuera de lugar teniendo en cuenta sus predecesores; luego caí en cuenta que su probable inclusión en la lista de reproducción mañanera sería porque en el video clip del mencionado tema la susodicha artista se exhibe ligerísima de ropa en medio de un ambiente de demolición constructiva.

En realidad no es una práctica nueva. Y no solo porque desde hace rato vivimos atenidos al gusto musical de los choferes ómnibus, autos ligeros o bicitaxis que en sus arranques de extraña solidaridad comparten la música de su preferencia con el resto de nosotros; también porque ahora escuchamos los gustos musicales de más personas en todo tipo de aparatos, sin el poder decibélico de una enorme bocina pero en determinadas situaciones suelen sentirse casi ensordecedoras.

¿Patrimonio exclusivo de una juventud artificialmente calificada como displicente, bullanguera e irrespetuosa? ¡Error! No hace mucho en medio de una atestado ómnibus de transporte urbano en La Habana se apretujaba un hombre entrado en años, de camisa medio raída y un sombrerito aplastado por el uso; y encontrando su espacio sacó algo que parecía una latica de cerveza y desde la cual comenzó a escucharse el último éxito de la orquesta Habana de Primera.

Pero esa nueva expresión de socialidad musical está entrando en serio conflicto con otras modalidades ya existentes. El resultado viene entonces en el problema creado, digamos en el aludido entorno del transporte público, cuando desde el chofer hasta cada cual con su teléfono móvil “comparte” la canción de su preferencia.

Si porque ya teníamos la extrañamente tolerada costumbre de anunciar a la vecindad que al barrio llegó un equipo de reproducción de música de más sonora de las maneras: poniéndolo a todo volumen.



¿Es que viviremos eternamente condenados a sortear los sonidos que cada cual, según su gusto, emita al aire? Esperemos que no, por el bien de nuestros oídos.

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Periodista cubano, apasionado por su país y el béisbol. Analista de temas nacionales e internacionales en el periódico 26 de Las Tunas. Escribo mis opiniones en mi blog Cubaizquierda.

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